miércoles, 17 de octubre de 2018

Una noche de película (Prólogo)

Mi nombre es Elena y, antes de que mi vida se truncase, tenía una identidad. De expresión afilada, frente ancha y barbilla puntiaguda, no desentonaba dentro del amplio espectro de rostros que conocía.
Siempre tensa, alerta ante el peligro, mi mandíbula ha pagado las emociones fuertes. Los pómulos, anchos en tiempos mejores, han terminado sus días carcomidos por el miedo. Mis pobladas cejas y el dañado tabique nasal esconden pequeñas cicatrices procedentes de antiguas historias de terror. Mis finos y sonrosados labios son ahora la única luz que permanece en mi sombrío semblante.
Durante mi último curso en bachillerato cumplí dieciocho años que, desgraciadamente, no he podido disfrutar. Todo se debe, en gran medida, a malas decisiones y a personas a las que nunca debí conocer. 
Sin embargo, si Marco no se hubiese cruzado en mi camino, me habría rendido antes de tiempo. Era un chico especial, pues quiso estar junto a mí en mis peores momentos, cuando nadie más lo hizo. Por eso, me apena no haber sido la amiga que él se merecía.
Marco constituía un ejemplo a seguir; tanto por su conducta como por sus éxitos académicos y deportivos. De tez morena, todavía con mirada de niño, con sus profundos ojos verdes empañados también por fracasos pasados, siempre tenía su pelo negro ensortijado y una sonrisa preparada para mí.
Fuimos amigos desde el primer día de clase. Marco decía que no quería tener novia, pero Andrea, una chica de la clase de Ciencias, consiguió conquistar su corazón. Cuando estaba con ella, sus ojos se tornaban acuosos y su expresión se aniñaba todavía más.
Creí que nunca tendría celos del romance que Marco y Andrea mantenían, porque yo no deseaba dar el siguiente paso; pretendía quedarme para siempre en aquella sincera amistad que me llenaba por dentro. Por suerte, Marco tampoco dio señales de querer avanzar. 
Desgraciadamente, el chico del pendiente destruiría todo lo que enfocasen sus ojos grises. Yo me crucé en su camino por azar, sin darme cuenta, lo que agrió mi carácter y amargó mi existencia.
Mientras espero conocer el signo de mi suerte, un centenar de pensamientos borran al instante todo lo que me rodea. Solo deseo que, aunque mi vida se acabe hoy, la de las personas que llenaron de luz mis días no haya hecho más que empezar.

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